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La fiesta

El encierro de Brihuega, en el Coso, en agosto de 1969

Publicado en Nueva Alcarria el 13 Septiembre 1969

Don Andrés ha visto pasar la cabalgata de la vida ante su puerta. El vive con las nubes y el árbol que, delante de la casa, le dice con sus colores el espectáculo que actúa en esos días: la primavera verde e indefensa; el buen verano, oscuro, dorado, bonachón y fuerte; el fugaz otoño amarillo y tímido; el largo invierno azul y blanco, gigantesco y sencillo.

La gente del pueblo suele irse detrás del espectáculo que más le agrada. Aunque, según don Andrés, la mayor parte de la gente se va a la fuerza, no porque les guste. Eso es lo que a los ojos de don Andrés, hombre sencillo y sin problemas, puede parecer, pero la verdad no la sabe nadie. El caso es que, en el pueblo donde él vive, es el invierno, con su cara sana y sus claros ojos, con su pinta de inocente, el que más vecinos arrastra a su lejana morada. Don Andrés trata de impedirlo por todos los medios, pero al fin se van. Agita su pañuelo y queda triste. Por su casa, la última del pueblo, pasan todos los que quieren, olvidarse de la monótona vida de la aldea. Y él los ve alejarse, sin poder darles un último consejo. Porque todos van con prisa.

Pero ahora, cuando el verano se marcha con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, algo fría la naricilla por el frescor de las noches que su sucesor empuja, don Andrés sale de nuevo a su puerta, a ver la alegría, a ver el fin de la cosecha, a ver la Fiesta.

Cae la tarde y huele a churros.

En la plaza han montado unas barcas y un puestecito de bebidas al que solo se acercan las muchachas a beber gaseosa y naranjadas. El vino sigue siendo patrimonio exclusivo del señor Fulgencio, que para eso se tira todo el año detrás del mostrador y no va a permitir ahora, en la Fiesta, que se lleve los clientes el andaluz ese del puestecito. Los vecinos también comprenden esto y se portan.

Don Martín se mueve estos días con más vivacidad que nunca. Nueve días lleva ya rezando la novena de la Virgen, con la iglesia algo más llena que de costumbre, y eso sí: muy iluminada. Que no hay que reparar en gastos cuando de la Virgencita se trata. Después de la novena se echa un cigarro, y a casa del señor Fulgencio, a regañar a los hombres por no ir a la iglesia a rezar la novena.

‑ ¡Pero si es que no puedo, don Martín…! ¡Si es que acabo de venir de Sigüenza de meter el dinero en el Banco…! ¿Cómo quiere usted que baje del coche de línea, y hala a la iglesia?

Bueno, hombre, bueno… está bien. Pero mañana no faltes. El alcalde debe dar ejemplo, ya lo sabes.

Y el alcalde da ejemplo, naturalmente. Primero en la iglesia, yendo a la novena. Luego en casa del señor Fulgencio, metiendo vino al cuerpo.

Los mozos ríen a carcajadas en otra esquina de la taberna. Se dan empujones unos a otros, en plan cariñoso. Insultan con gracia a los mozos del otro pueblo, y preparan en secreto la sorpresa de este año.

‑ ¡Pues sí, señores: una traca! Eso es lo que vamos a preparar para después de la procesión. Una traca como la de la capital. ¡Pues no faltaba más!

Y llega el día de la fiesta, y el sol, aunque el otoño ya está en puertas, aún pica al mediodía. Y todo el mundo ríe, pensando en lo que les reserva el día.

Don Andrés está asomado a la puerta. Su árbol quiere cambiar de aspecto. El le conoce muy bien, y ya sabe las intenciones ocultas que el árbol esconde en su pecho, o en su tronco, como se le quiera llamar. Por la carretera viene algo levantando polvo. Algo negro y grande. Don Andrés cierra un poco el ojo derecho, tratando de concretar qué es. Al poco rato pasa ante él el coche del torero. Llega a la plaza y se baja un muchacho alto, más bien delgado. Sonriente, tal vez un poco a la fuerza. Porque torearse un toro, uno solito, en medio de la tarde, en medio del pueblo, en medio de todos los corazones… es cosa que no le hace reír a nadie, por muy acostumbrado que esté a esos lances. Y Pascualito Hernández no es de los que está todavía ni medio acostumbrado.

Don Andrés tiene hoy un gesto de preocupación en la cara. No se aparta de su puerta, de su árbol y sus nubes. No quiere pensar en nada, aunque una idea, una solución, una posibilidad terrible se le viene continuamente a la imaginación. Pero a los ojos de los que pasan por delante de su casa, don

Andrés está hoy igual que todos los días: dispuesto a dar consejos a todos, a retrasar en lo posible las locas resoluciones de los hombres, que se quieren ir tras el verano, dorado y bonachón.

A las cinco en punto de la tarde, como preludio de la procesión, de la traca y del baile, se va a proceder a la «lidia y muerte de un toro», a cargo del arte y del valor de Pascualito Hernández.

En esto de la corrida, los mozos son los que más alegría externa derrochan, y los que más miedo llevan por dentro. Porque, como hombres que son, como algo experimentados que ya están en eso de saltar al ruedo y jugar con el toro, como enterados que están de que esas dos cosas que el animal lleva encima de la cabeza hacen daño de verdad si tropiezan con la carne de uno, como saben perfectamente que la muerte, la verdadera y la irremediable, anda por allí al acecho, se preocupan verdaderamente por Pascualito Hernández, ése desconocido que acaba de llegar al pueblo en busca, más que del dinero, de la fama y la gloria que persiguen los toreros.

Don Andrés sigue en la puerta de su casa. Escucha lejos el clamor de la plaza, los chillidos agudos de las mujeres y las mozas, los gritos broncos de los hombres, las risotadas de los muchachos. De pronto, el ruido, se eleva brutalmente, con tono diferente, y al fin se hace el silencio. Por la calle abajo vienen varios mozos con algo pesado, pesadísimo, entre los brazos. Don Andrés entra deprisa en su casa. Sin nerviosismo. Pero, al ver el bulto que han traído, también sin esperanza.

Al fin, la mano ensangrentada de don Andrés traza la señal de la cruz sobre su frente, sobre sus hombros. Toda su rabia estalla en lágrimas, y sale a la puerta de su casa, la última del pueblo, sin sabor a quién pedirle cuentas de lo que ha ocurrido.

Mientras tanto, Pascualito Hernández, se aleja sin volver la cabeza, encaprichado con el gordo y bonachón verano, ahora más dorado que nunca. Más dorado y más rojo. Se aleja sin remedio hacia el ocaso ensangrentado.

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