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Nieve en Albendiego

 

Publicado en Nueva Alcarria el 8 de febrero de 1969

El niño ha dicho, muy serio, que él no tiene frío. Su cara, sus orejas, su nariz, como manzanas, rojas. Como heladas llamaradas débiles. Ninguno de los niños tiene frío. Y sus pequeñas manos, sus rostros sorprendidos, son hoguera invernal de carne y sangre. Cuando todos los chicuelos de Albendiego están callados, mirándome, y diciendo que ellos no tienen frío, comienzan a caer los primeros copos de nieve de la tarde. Un vientecillo norteño va limando, como antiguo tallista que sabe bien su oficio, la pizarra de los tejados y de las cercas. Va apaciguando sierras y helando letanías. Triturando el sueño y el cantar lejano; prendiendo las hogueras ínfimas de rostros y palabras. Todo el viento es uno en esta tarde triste:’uno que ha matado cuervos y ha escayolado arroyos. Así se ve la tarde de invierno en Albendiego: cabe en el puño de la mano y es más grande que la tierra. Todo eso, y más, lo puede el frío que cae, mezclado con la nieve, Dios sabe de qué siderales regiones.

Si hubiera de describir al detalle el pueblo serrano de Albendiego, temo que me quedaría vacío el tarro donde guardo el rojo pardo del paisaje. Porque Albendiego necesita estos colores, esta mezcla de colores, en cantidades poco comunes. Desde lejos, desde la carretera, se podría pensar en un inmenso grano rojo que le ha salido a la tierra. Una gasa demasiado transparente, casi inútil, le forman los chopos secos que bordean el río. Y así consiguen tamizar con su gris de plata la hiriente luz del pueblo. Pero es sólo una defensa que desaparece al recorrer las calles.

Albendiego es grande. Muchas casas y pocos habitantes. Alguna ruina denota que los nidos van quedando vacíos; que las aves que los habitantes emigraron… en el vuelo sin retorno de la total despedida. Todo en Albendiego nos da la sensación de dureza y poder. De recia hidalguía silenciosa. Enormes casas de pizarra y piedra roja cuentan su edad por siglos, y forman la procesión de ancianidad que el viajero mira con respeto. Al Sur, al Este y al Oeste, las bien trazadas calles, amplias y abiertas, confiesan una abundancia antigua. Al Norte, no; al Norte sólo queda el viento incansable que quiere que aprendamos su canción monótona.

Como todos los pueblos de esta zona, Albendiego, con su nombre de puro sabor arábigo, perteneció a la jurisdicción de Atienza, pasando más tarde a ser de la casa del Infantado. La primera noticia del pueblo data del año 1177, cuando el arzobispo don Rodrigo hablaba de “Canonicis regularibus Sanetae Columbae”, refiriéndose a los canónigos seguntinos que tenían a su cargo la parroquia de Albendiego. El siglo XII, el del más puro románico español, cuenta ya en sus filas Con este pueblo qué, como escapado de una estampa, sigue con la misma traza y gallardía de hace ochocientos años. Noble y llana rusticidad del habitar románico; pegado al suelo, agazapado, con una mano sobre el surco y otra metida entre las nubes diciendo siempre: «Arriba, aún más arriba».

Santa Coloma es la iglesia de Albendiego. Alejada del pueblo, se llega a ella por el camino bordeado de ‑ olmos y de minúsculas huertas. Las pequeñas vallas pizarrosas que separan unas propiedades de otras, convierten el paisaje en un ajedrez encantado y gigantesco. Antes de llegar se atraviesa un pequeño riachuelo que ahora está helado y duro como piedra. Todavía en el camino, el viajero hace alto en la ermita del Santo Alto Rey. Construida en 1785, se cree que anteriormente fue románica y reedificada en dicho año, campeando en uno de sus muros el jarrón de azucenas, blasón de la más alta dignidad eclesiástica de Sigüenza. En tiempos fue su prior una de las dignidades de la catedral seguntina, de la que Albendiego dependía en lo religioso. Dicho prior de esta ermita ocupaba asiento en el coro de la catedral. Benedicto XIV concedió indulgencia plenaria a los que en ella comulgasen y oyeran misa.

Desde el otero en que la ermita descansa, la vista se pasea por la ladera norte del hosco Santo Alto Rey, colmado de nieve hasta su base. En la tarde nublada y fría, la montaña es gris azulada, revestida de una irreal luz blanca que la nieve salpica en sus vaguadas. Cuando arrecia la nevada, el monte queda velado misteriosamente más lejano e impalpable, más elevado diríamos. No se oye más que el silbar del viento y la nieve contra los muros de la ermita. Poco a poco va oscureciendo en Albendiego y sus sierras.

Bajando todavía hacia Santa Coloma, queda a la derecha del camino un antiquísimo Calvario de piedras redondeadas por los años. Mirando los tres mojones coronados por la Cruz, con el Santo Alto Rey como telón de fondo, uno llega a comprender que sólo se puede hallar en Castilla, en la más alta tierra de España, donde sólo Cristo y el viento, la nieve y la roca unidos, cantan el humilde y recio canto a la Creación de Dios.

Al fin llegamos a Santa Coloma. La parroquia de Albendiego.

Todas las comparaciones son, no solo odiosas, sino difíciles. A la hora de comparar las iglesias románicas de nuestra provincia, surge Santa Coloma pidiendo un puesto que, en honor a la verdad, es de los más altos. Porque, sin hipérbole de ninguna clase, la iglesia de Albendiego, en mitad del campo, agreste y solitaria, es como una joya que a todos nosotros honra y enorgullece. Pocas iglesias románicas podrán competir con ésta en elegancia y sencillez por una parte, y prolijidad y malabarismo ornamental por otra. Es una noble dama, educada, sencilla, inteligente, bella. Apartada, pero no olvidada. Que nos llama a todos para que la visitemos en su rincón serrano, seguros de que no nos defraudará.

Pero creo que la ilustre iglesia románica de Albendiego bien merece un capítulo aparte, que en otra ocasión pienso dedicarle, y que hoy anticipo con la imagen de una de sus bellísimas ventanas absidales con el deseo de que actúe de acicate y meta de vuestras visitas.

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